2017 fue el año en que…

 

EXPERIMENTÉ MI PRIMER DUELO

Antes de que mi abuelo perdiera la batalla contra el cáncer a principios de año, nunca había sufrido la pérdida de alguien cercano. Fue una experiencia signada por el dolor y el miedo: volar a casa para decir adiós, saber que podía morir en cualquier momento, y que no había nada que pudiéramos hacer, además de intentar que sus últimos días fueran un poco mejores. Aprendí que el duelo nunca termina, se vuelve parte de ti.

 

 

ME MUDÉ A MÉXICO DE NUEVO

Extraño São Paulo todos los días. Es increíblemente estimulante a nivel cultural, y el lugar más amigable que existe, aunque los brasileños se esfuercen en decir lo contrario. Siento que es mi lugar y no renuncio al sueño de vivir allí algún día, aunque sea sólo por un tiempo. Pero estar de vuelta significa que este es el lugar donde debo estar, al menos por el momento. Veo las cosas que ya conocía desde una nueva perspectiva, al tiempo que aprendo y me adapto a otras.

 

 

ME SENTÍ MÁS ANSIOSA

Soy venezolana. La ansiedad y el miedo son parte de mi vida cotidiana; si no sabes de lo hablo, echa un vistazo a las noticias. Pero este año experimenté un tipo de ansiedad diferente: un miedo paralizador a hacer las cosas que siempre he querido hacer, como crear mi propia marca de moda. ¿El motivo? No sentirme lo suficientemente buena. Básicamente porque eso cree mi profesora de diseño, encargada de supervisar mi proyecto de maestría, y así lo expresó cada vez que pudo. Pero en el fondo sé que esto no es cierto, que no necesito su permiso para crear, y que el miedo a no hacerlo es más grande que el de atreverme y comenzar.

Soy de las que piensa que si las cosas no se hacen bien, es mejor no hacerlas. Así fui criada, y pese a que, aún considero fundamental dar siempre lo mejor de mí, poco a poco estoy aprendiendo que “done is better than perfect”,  y que tener auto compasión no significa ser auto condescendiente.

 

 

ENCONTRÉ UNA NUEVA PASIÓN

Siempre he sido la más perezosa cuando de hacer ejercicio se trata. Odio los gimnasios. Una vez lo intenté y odié las máquinas, me caí de rodillas al cruzar la calle de regreso a casa el primer día, y ni siquiera completé el mes que pagué. Abomino la idea de agotarme hasta el punto de casi vomitar, así que nada de Insane ni entrenamientos estilo militar para mí. Además, soy una mala latina que carece de la coordinación necesaria para bailar. Claramente el Zumba y los aerobicos también quedan descartados. 

Hace unos meses abrió un estudio de barre cerca de mi casa y ha sido lo más genial de mi año. No busco tener abdominales super definidos (aunque no me molestaría tenerlos), tampoco me desvivo por tener brazos o glúteos tonificados (mi filosofía es que si no puedo verlos ni siquiera me preocupo), y estoy a gusto con mis piernas. Para nada pretendo renunciar a la pizza y entregarme a la vida proteíca en forma de batidos y barras.

No me ejercito para castigar mi cuerpo ni forzarlo a ser “perfecto”. Me ejercito para salir de mi zona de comfort y probarme a mi misma que soy capaz de cosas que jamás pensé lograr. En ciertas posturas te puedes caer fácilmente, y no tienes más remedio que concentrarte. Cuando estoy en medio de un push up infernal (sí, haces push ups en barre), a punto de rendirme, recuerdo esa sensación de logro, ese boost de confianza que siento después y me obligo a terminar. Practicar barre ma ha dado claridad, fortaleza mental, y disciplina, algo que quiero llevar a otras áreas de mi vida. Según mi instructora y compañeras, incluso soy flexible, algo que ¡juro por Dios todavía encuentro difícil de creer!

 

 

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